En Colombia, las campañas presidenciales suelen comenzar hablando del país… y terminan hablando del rival. Antes de que la ciudadanía escuche un plan serio sobre empleo, educación o seguridad, ya ha sido expuesta a una cascada de acusaciones, señalamientos y desgaste moral. La política se convirtió en un ring, y la gente en un público exhausto.
Durante años se instaló una idea peligrosa: que en campaña la forma más efectiva de ganar adeptos es demoler la reputación del adversario. Aquello no surgió por generación espontánea; fue enseñado, perfeccionado y replicado por estrategas que entendieron que el miedo y la sospecha viajan más rápido que las propuestas. Figuras como J. J. Rendón –considerado “el rey de la propaganda negra y la rumurología, experto en la demonización del adversario” – consolidaron la “guerra sucia” como táctica electoral, presentando al contendor casi como una amenaza para la democracia con rumores y ataques personales . Ese enfoque dejó una huella indeleble: la demolición reputacional se volvió recurrente y el ataque desplazó al proyecto en el centro de la contienda.
Esa lógica del enemigo, antes reservada para contrincantes ideológicos opuestos, hoy se practica incluso entre aliados nominales. Ejemplos sobran en todas las orillas. En el uribismo, la disputa por la candidatura presidencial desató un choque abierto entre Paloma Valencia y María Fernanda Cabal, que terminó con la renuncia de esta última en medio de recriminaciones personales . En la izquierda, la reciente exclusión del senador Iván Cepeda de la consulta del Pacto Histórico destapó fracturas internas notorias, revelando “fuertes tensiones” y diferencias estratégicas profundas entre quienes deberían estar en el mismo proyecto . Y en la casa conservadora, el ingreso del excontralor Carlos Felipe Córdoba como aspirante presidencial provocó un pulso áspero con el senador Efraín Cepeda, quien llegó a denunciar “presiones impresentables” de sectores ajenos para mantener dividido o fracturado a su partido . En pocas palabras, la política colombiana no solo enfrenta a derecha e izquierda: hoy cada trinchera parece tener su guerra civil interna.
Cuando las campañas compiten en agresividad, el país pierde de vista lo esencial. Las propuestas quedan sepultadas bajo el ruido de la confrontación, y el debate público se empobrece. El votante, bombardeado por descalificaciones, deja de escoger con esperanza y termina votando con rabia o miedo. En ese vacío de ideas, el sufragio deja de ser una decisión informada para convertirse en una reacción visceral. La indignación, la desconfianza o el temor sustituyen a la deliberación racional. Pero un país no se gobierna con impulsos.
Los ataques podrán dar réditos inmediatos, pero el tiempo es implacable con la mentira. En medio de tanta guerra sucia, suele olvidarse que la reputación –de candidatos e instituciones– se erosiona cuando todo vale. La estrategia de destruir al otro termina minando la credibilidad del sistema completo y, tarde o temprano, salpica también a quienes la ejecutan. Al final del día, la confianza del ciudadano en la política se deteriora aún más. En la vida pública, la reputación no se impone por la fuerza ni con calumnias virales: se construye con coherencia, y se consolida con resultados y con el tiempo.
Lo paradójico es que la historia política colombiana también ha demostrado que es posible ganar desde la propuesta y la esperanza, no solo desde el ataque y el miedo. Hubo momentos en que una sola palabra o una idea logró conectar con un anhelo colectivo más profundo que cualquier calumnia. La paz fue uno de esos conceptos. Resistida por muchos y defendida por otros, trascendió la coyuntura electoral y puso a Colombia en el centro de una conversación global sobre reconciliación y futuro. Porque nadie pelea contra la paz.
“La política se convirtió en un ring, y la gente en un público exhausto.”
“Un país no se gobierna con impulsos.”
“Porque nadie pelea contra la paz.”
“Porque la paz es un anhelo común.”
“Porque todos juran quererla, aunque vivan en trincheras opuestas.”
“Porque la verdadera victoria es la reconciliación.”
“Siempre parece imposible… hasta que se hace.” (Nelson Mandela)
Esas aspiraciones no son consignas vacías; son el núcleo emocional de una nación que quiere avanzar. Nadie pelea contra las oportunidades. Nadie pelea contra la prosperidad. Nadie pelea contra la posibilidad de un futuro mejor para sus hijos. Cuando la política consigue hablar ese lenguaje, deja de ser un espectáculo de confrontación y se convierte en una conversación sobre un destino compartido.
Colombia necesita que en 2026 surja un liderazgo capaz de dar ese paso. El verdadero punto de quiebre en las próximas elecciones no estará en quién ataca mejor, sino en quién logra escuchar mejor al país y traducir esa escucha en un rumbo concreto. Estamos cansados de elegir “al menos malo” o “al menos corrupto”. Este país merece volver a elegir por convicción: por propuestas sólidas, por carácter y por visión de futuro, no por descarte. Como recordó Nelson Mandela, “siempre parece imposible… hasta que se hace.”
Reconstruir la confianza en la política colombiana puede parecer hoy una tarea descomunal. Pero precisamente esas son las gestas que definen a las generaciones que se niegan a resignarse al deterioro y se atreven a construir lo que muchos creían imposible. Porque una democracia no se fortalece cuando sus candidatos se destruyen entre sí; se fortalece cuando alguien eleva la conversación y nos recuerda algo esencial:
Colombia no necesita más enemigos. Sueña con otro futuro muy distinto al que hasta hora proponen los candidatos actuales …