Hace unos años, violentos ciudadanos supuestamente desesperados por la acumulación de problemas de toda índole en Colombia, y bajo la promesa y perspectiva de un cambio, protestaron por la hegemonía política y la dominación partidista corrupta que se había apoderado del país. Como prólogo de la campaña petrista del cambio incendiaron a Colombia, concluyendo con el triunfo de una opción que, por primera vez en la historia, accedía al poder para remediar todos esos males. Entronizaron un gobierno subsidiador y alcahueta que los llenó de cantos de sirenas, e irrigó migajas y limosnas indignas.
¡Y se estrellaron con la realidad! Ese tal cambio significó una corrupción multiplicada; la destrucción de la salud, la educación y la vivienda; el aumento desbordado de inseguridad; la proliferación e incremento de poder de los grupos narcoterroristas; la desinstitucionalización; la impunidad para los criminales; y la destrucción física, moral y económica de Colombia. Y todo esto porque el gobierno, el del cambio, resultó aliado con los políticos de siempre que aprovecharon la inmoralidad del presidente, para penetrar las arcas del Estado de una manera descarada. Y terminó el gobierno imbuido en sus propias aberraciones (¡inmensas aberraciones!), más las de la clase política tradicional, sumándose así dos cataclismos que destruyeron la viabilidad del país.
Y hoy Petro es consciente de su debacle y del rechazo general. ¡Y eso preocupa el doble! Porque esa fiera herida es aún más peligrosa, pues está acostumbrada a utilizar todas las formas de lucha y acudirá a ellas para evitar su derrota. ¡Solo necesita tiempo! Y la división irreconciliable de sus opositores, representa para él un oasis donde se alimentan esas tropas que recorren los territorios del país, apoyando a un Cepeda fingidamente anodino, pacato y estúpido, pero que esconde a un sagaz déspota más peligroso que su mentor.
Si: solo necesita tiempo. ¡Y es lo que no podemos darle! Estamos a quince días de elecciones, y tanto las encuestas como la percepción ciudadana indican que el contendor más firme y con mayor probabilidad de ganarle al petrismo es Abelardo de La Espriella. El fervor que se siente en las calles y plazas, sumado al temor de los colombianos de que Petro se perpetúe en el poder a través de su heredero, inclinan definitivamente la balanza hacia el candidato que decidió alejarse de la clase política tradicional, de los grupos económicos, de la prensa partidista y de los clanes mafiosos; el que ha mostrado mayor firmeza y contundencia para derrotar la corrupción, la politiquería, el narcotráfico, el terrorismo y los vicios que nos tienen en este estado de postración.
Por eso tenemos que ganar, con Abelardo, en primera vuelta. Porque veinte días más de campaña política son veinte días más de zozobra, peligro, destrucción, vandalismo mediático, invasión delincuencial, irrigación de recursos ilícitos, y nuevas alianzas con la clase política que, en el fondo, son más peligrosas que el pacto de la Picota. No podemos botar el voto. Tal vez sea el último.
Tenemos que estar en primera, ¡Firmes por la Patria!